[...] En cuanto estuve fuera de su vista, corrí escaleras arriba. Entre a la habitación, después de haberla confundido con dos habitaciones diferentes, y tranque la puerta.
Efectivamente. La carta era… y era esa dirección. Abrí cuidadosamente el sobre, ¿Será él? Me recordé a mí misma que no podía esperar muchas cosas positivas en lo que allí estuviera escrito.
Leí.
Caminé hasta que encontré una pequeña aldea, solo había no más de ocho pequeñas chozas. En la aldea habitaban 32 personas, eran pequeñas familias de tres y cuatro personas, usaban tónicas o mejor dicho harapos. Las mujeres llevaban a los niños tomados de la mano y cuidadosamente limpios, demasiado limpios tomando en consideración el lugar y sus circunstancias. Reconocí el lugar… era Diktat.
Diktat es una aldea –según lo que mi poca memoria me dejo ver– pobre y muy aislada. La I Guerra Mundial cesaba y la aldea se asentó en estos campos huyendo de la masacre, ¿cómo recordaba todo eso y no…?
Dolor.
Llame en la primera cabaña totalmente hecha de troncos y ramas. Era imposible que en ella pudiera haber cuatro personas. Una mujer delgada, muy delgada, con grandes ojeras debajo de sus grandes ojos salió con desconfianza. Me miró por un segundo y llamó hacia adentro en un susurro.
Un hombre de estatura baja, una cabeza más bajo que yo, con el rostro poblado de arrugas y un cabello totalmente blanco salió a mi encuentro. Solo se quedó allí. Supongo que esperando que dijera algo.
– Quisiera… – comencé pero él señor me interrumpió.
– ¿Podría decirme su nombre caballero? – su aspecto no concordaba para nada con su forma de dirigirse a mí. Su tono de voz, expresión y palabras fueron muy educadas para un aldeano.
– Claro, disculpe. Mi nombre es Dani… – Dolor. La señora sostuvo mi mano por un segundo mientras intentaba recuperarme.
– ¿Qué le pasa joven?
– Es solo que no puedo recordar cosas… Cosas de mí. Me duele la cabeza de solo pensar en mi nombre, ¡Mierda!
Detrás de nosotros unos niños jugaban en un charco de lodo, sucios de los pies a la cabeza. Los mire por un segundo, concentrándome en los lugares donde estaban limpios con un interés demasiado importante y apacigüe el dolor.
Dije mi nombre casi en un grito esforzándome por sacarlo de mi garganta y mi cabeza lo más rápido posible.
– ¡Daniel Gálvez!
Por alguna extraña razón comprendí que mi apellido no le sería de su agrado. Mi cabeza era todo un lío, ¿Por qué podía recordar cosas y otras no?
– ¿Gálvez? – su expresión confirmó mi repentino temor.
– Ajá – solo pude decir. ¿Por qué habría de disgustarle si no me conoce?
– ¿Eres latino? – de repente una sonrisa asomaba su rostro.
Sabía esto también. Así que respondí.
– Sí, señor.
Pasaron dos noches demasiado largas en aquel terreno grumoso y frio. Las personas exiliadas de sus hogares debido a la guerra se habían adaptado mucho más rápido y yo no tenía ningún progreso en ese sentido. Sentía que en mi interior faltaba algo, era algo importante.
La tercera noche fue más insoportable que las otras dos. Mi cabeza iba a explotar, o eso parecía, un recuerdo pugnaba en lo más profundo de mi memoria y quería emerger. Yo quería que lo hiciera, pero el dolor iba a matarme.
El doctor, si… irónico ¿cierto?, doctor Hewthorn era un Alemán muy bien reconocido por sus trabajos sociales, salvando vidas y no fue hasta que la Guerra lo obligó a aislarse que abandonó su trabajo. Ayudo hasta donde pudo pero la masacre simplemente fue demasiada. Ahora estaba yo aquí, dándole un nuevo trabajo y una investigación que lo tenía muy atento a mis comportamientos.
Comenzó a hacerme exámenes psicológicos, poniendo en práctica absolutamente todo lo que sabía.
Entre preguntas y preguntas solo podía responder algunas, gracias a su cuestionario recordé que nací un 19 de Marzo en Venezuela, vine con mi madre a Argentina en busca de mi padre, al que nunca encontramos. Sé lo que sé gracias al sacerdote de la iglesia quien me enseñó a leer, escribir, matemáticas, historia, entre otras cosas. Eran detalles importantes, que no olvidé pero sé que olvidaba algo, y me dolía en el alma. Este era un dolor diferente, no como el de mi cabeza, este era en el corazón y dolía más.
El doctor Hewthorn me sugirió volver a mi hogar, hablar con mi madre y tratar de solucionar el problema. Me ofreció inclusive acompañarme.
– Sé que seguramente no te entusiasme mucho debido al lacerante dolor que dices sentir en tu cabeza. Pero debes intentarlo.
– Tiene la boca llena de razón.
– Mira, he pensado bastante en esto, bueno… en realidad toda la cuestión se me ocurrió anoche pero, escucha… tengo muchas bebidas tranquilizantes, somníferos y anestesia en mi maleta, cosas que pude guardar y traer conmigo, quizá si probamos con anestesia local… – de repente el doctor se dejó apabullar por sus pensamientos, calculaba las posibilidades del tratamiento.
– Pero, ¿si estoy sedado o drogado o lo que sea, como podré concentrarme en los recuerdos?
– Hijo, confiemos en esto, escucha: la anestesia local solo “duerme” el lugar donde se es aplicada, si tu dolor es debajo de tu oído derecho allí es donde aplicaré la anestesia, así podrás concentrarte en esos recuerdos.
Ok, debía admitirlo, tenía lógica. Además, él era el experto, debía darle un poco de crédito por querer ayudarme y soportarme.
– Tocar no es entrar… podemos intentarlo.
– Esta bien… Lo haremos. – dije de repente demasiado entusiasmado.
“Mi niña Rocío, estoy demasiado angustiada. Mi Daniel se levantó hace unos tres días totalmente extraño. Me preguntaba si iría a buscarte, la preocupación no me ha dejado dormir. Espero que esté contigo…, tanto o más que no lo esté. Mi niña, de todo corazón, espero tu pronta respuesta, cualquier cosa que sepas de él, házmelo saber. Por lo que más quieras.
P.D. Felicidades por tu boda.
Josefina Gálvez.”
Tuve que recordarme respirar. Una carta tardaba cinco días en llegar aquí, así que… Hace nueves días que habían enviado ésta. Daniel no había pasado por aquí.
La preocupación comenzaba a apoderarse de mí también.
Contra todo permiso, ya que vivir en matrimonio con Blint ya era como vivir bajo prisión, envié una carta con mi respuesta unida a una carreta en busca de Josefina.
Llegó muy temprano en la mañana con todo lo que pudo empacar, la madre del hombre que tanto amo entraba por el umbral de mi nuevo hogar. A Blint no le agradaría la idea pero tenía que aguantarse.
– Mi niña Rocío. Muchas gracias por esto. Pero no quería venir, temo que si Daniel regresa a casa la encuentre vacía y vuelva a desaparecer.
– Ya pensé en eso y tengo un plan. Mandé en busca de mi hermana, anoche, también. ¿Recuerda a Cecilia, mi hermana?
– Claro mi niña, pero ¿Qué podrá hacer por nosotros?
– Mucho. Este es mi plan: enviaré a Cecilia a cuidar la casa mientras este usted aquí. Ella ya puede cuidarse sola, adora sus animales, ¿recuerda? Trabajará con ellos, los cuidará y si Daniel vuelve ella estará allí y nos lo traerá de vuelta.
La mirada de Josefina se llenó de lágrimas.
– Que buena eres Rocío. Espero que si vuelva. En verdad que sí.
– ¡Hermana! – me llamó Cecilia desde afuera. – Estoy lista. ¿Este es el carruaje que me llevará? ¡Señora Josefina! – le saludó mi hermana en cuanto la vio.
Las familias Gálvez y Ortiz habían venido desde Venezuela a Argentina, juntas. La madre de Daniel nos acompañó porque iba en busca de su marido así que nos conocíamos desde pequeños Cecilia, Daniel y yo.
– Niña Cecilia. Que grande esta. No tengo como agradecerle lo que va a hacer por mí y mi Daniel.
– No es nada. Me alegra poder ayudar. El tonto ese, ¿cómo pretende irse así?
Instale a Josefina en una de las habitaciones antes de que Blint apareciera por allí así, o eso suponía, al verla instalada no podría echarla… ¿o si lo haría?
– ¡Amor! – odiaba llamarlo así. Blint estaba en el enorme establo de la casa. Junto a su caballo Dartmoor, llamado así en honor a su ciudad natal.
– ¡Darling! – No podía negarlo, tenía una sonrisa encantadora y cuando se asomaba en su rostro parecía no encajar en él. Sus ojos eran demasiado duros y sus cejas siempre estaban juntas en un enorme ceño fruncido y cuando sonreía parecía tener la mueca de un asesino en serie al que no le importaba ser descubierto – ¡My Darling!
Como me gustaría que siempre estuviera de este humor. No quería estropearlo y sé que mencionarle la estadía de Josefina borraría todo rastro de felicidad que el verme llamarlo “amor” le dejó.
– Tengo que contarte algo.
Sus ojos estudiaron mi expresión, fijos y calculadores. Había momentos en los que fácilmente podría decir que George Blint era hermoso, con su mandíbula cuadrada y ojos oscuros, rasgo que no encaja en un inglés. Blint de cabellos negros y totalmente musculo podía conquistar mi corazón porque cuando se lo proponía podía ser muy tierno; sin embargo… ese no era Blint.
– Dime.
Respire profundo y lo bese. Tratando de controlar mis emociones.
– ¿Recuerdas a Josefina Gálvez? – Se estremeció al escuchar el nombre, mientras yo besaba su cuello cuidadosamente. Esperando calmarlo con mis besos.
– ¡Uhm! Sí. – funcionaba. Seguí dibujando caricias con mis labios bajo su mandíbula.
– Nos vino a visitar. – Me puse de puntitas y lo besé en los labios.
Apretó mis brazos y ceso mi beso al separarme. Le sostuve la mirada con expresión inocente.
– No te molesta, ¿cierto? – le sonreí. Mientras sus labios se volvían una fina línea en un claro gesto de disgusto.
– ¿Por qué está aquí? – dijo abrazándome, tomándome por sorpresa. Le devolví el abrazo.
– Es que está sola en su casa, – mejor decir la verdad y evitar una tragedia – su hijo desapareció… - me detuve a esperar su reacción pero no pasó nada así que continué, – y ¿recuerdas la carta que me llegó? Era de ella.
– ¿A sí? – su tono de sorpresa no me pasó inadvertido. Sin duda creía que la carta era de Él.
– Sí. Me estaba contando que hace unos diez días que está desaparecido. Así que mandé a ir por ella y traerla aquí, está sola en esa casa y su salud no es muy buena. Cecilia esta allá cuidando la propiedad y esperando por si Daniel regresa. – mencionarle su nombre a Blint fue difícil.
– Uhm… Seguramente no pudo soportar la idea de que ahora eres mía y decidió largarse.
Este hombre no era de muchas palabras pero cuando abría la boca me lastimaba horriblemente.
– Quizá. Pero espero que no haya inconveniente en tenerla aquí. Al menos hasta que sepamos algo de él…
– ¿Quisieras saber algo de él? – dejo de besarme la coronilla para mirarme profundamente a los ojos.
– Bueno… yo… por el bien de su madre. – escupí las palabras.
– Por el bien de su madre… – repitió las palabras dándome la espalda. – Está bien. Solo espero que tu interés en encontrarlo sea “por el bien de su madre” – pronunció la última palabra con un énfasis amenazador. Me estremecí.
– ¡Amor! – salté sobre él con el entusiasmo más falso del universo. – Gracias. ¿Sabes qué?
– ¿Qué? – allí estaba esa sonrisa perdida, como estar en el rostro equivocado pero sin dejar de ser hermosa de nuevo.
– Te quiero… – dije esforzándome por sonar lo más convincente posible.
– Te amo. – dijo quemándome con una mirada tan intensa que me erizó la piel. Este hombre podía ser tan hermoso como atemorizante.
Subí rápidamente las escaleras hacía la habitación de Josefina, me esperaba totalmente angustiada.
– Todo listo. Blint ya sabe que va a poder quedarse aquí.
– No tengo como agradecerte Rocío.
– No se preocupe. Todo está bien.
Josefina se recostó un momento. Decidí salir de la habitación y dejarla descansar, su salud no era muy buena.
– ¿Josefina?
– ¿Si, mi niña?
– Bueno… – comencé pero luego me arrepentí. – No, no es nada. Descanse.
– Rocío, ¿Quieres saber de Daniel, no es así?
Baje la mirada. Si, era así. Pero no estaba segura si sería buena idea saber más de lo que sabía, como había tomado mi decisión de casarme, cómo había estado o que había hecho.
– Si, pero… – iba a repetirle lo que acababa de pensar pero ella me interrumpió.
– No voy a mentirte, sabes muy bien que en cuanto decidiste casarte y contarle todo a Daniel fuiste tan desdichada como él. No ha sido fácil y no había decaído hasta el día de tu boda. Él día antes tuve que recordarle porque no podía venir por ti, tuve que recordarle quien era él y quien era George Blint y recordarle que era inevitable. Él día después de tu boda… desapareció.
– Es mi culpa. Todo esto es mi culpa. No debí enamorarme de él ni permitir que él se enamorara de mí.
– No es culpa de nadie. El amor es así, inesperado e inevitable.
– Si pero… deje que esto fuera demasiado lejos. No debí verlo más… yo… – quería llorar.
– Deja de torturarte de esa manera. Aquí no hay culpables ni inocentes solo enamorados. Ustedes se conocen desde pequeños, no creo que dejarse de ver fuera fácil.
– Lo amo…
Josefina me abrazó.
– Lo sé. Y créeme que él a ti también te ama. No quisiera tener que decirte esto pero también te ama. Pero…
– Es imposible…
Josefina solo asintió.
– Esperemos que aparezca pronto, regrese a casa y marcharnos los dos juntos, necesitas tener tu espacio y que él y todo lo que te lo recuerde salga de tu vida.
Me dolía demasiado esa verdad. Solo asentí. Reteniendo aquel montón de lágrimas que querían brotar de mis ojos.
– Ve a descansar. – Me dijo Josefina abrazándome de nuevo y regalándome una sonrisa de apoyo.
– No sabes lo feliz que me hace tenerte aquí. Saber que un pedacito de Daniel está aquí, frente a mí, aunque sea por última vez.
– Solo no vayas a querer besarme… – me guiñó un ojo.
¡Vaya mujer más fuerte! Su hijo perdido por mi causa y tenía las fuerzas para bromear conmigo y para colmo de querer ayudarme a dejar de sufrir. Si la única desgraciada aquí soy yo. La que merece estar perdida, sola y mal solo soy yo.
– No, no lo haré – le sonreí. – Iré a dormir, espero que pase una buena noche Josefina.
– Claro que sí. Muchas gracias por todo, de nuevo. Espero que Cecilia me traiga buenas noticias desde casa, pronto.
– Ojalas. Algo me dice que así será. Buenas noches.
– Buenas noches niña Rocío.
Roraima Colina.-

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