PODCAST "UN POQUITO MÁS" | Último Episodio

Un Poquito Más - Ep. 1 | El caso Johnny Depp y Amber Heard

25.9.12

PRÓXIMAMENTE: Ángel Rodríguez Sin Desperdicio. Conoce un poco de su trabajo

Ángel Rodríguez es un novel escritor y pronto tendré aquí Sin Desperdicio una entrevista a él, donde podremos conocerlo un poco más y su trabajo. Aquí les dejo una de sus obras (mi favorita): "Reina Soledad". 

Tarde, según mi reloj, llego al viejo bar de siempre. Por un día más, sobreviviente con mi dosis diaria de un recuerdo. Para no quedarme solo, me alejo de la gente; dejando de ser pretendiente de mis ganas y de mi cuerpo.

- Buenas noches, caballero ¿cómo me le ha ido? - Como siempre amigo, tratando de olvidar. Mesa para uno, por favor. Hoy no vengo de humor, tampoco quiero acompañante. - Por favor, pase adelante. La mesa 7 lo espera.

Quiero un trago fuerte de preferencia doble. Yo con mi suerte tan pobre y que no tengo cómo pagarle. Escucho una melodía, era la banda que toca. Pongo un cigarro en mi boca y mi zapato seguía el sonar.

Detrás de todo el humo alcanzo a ver un brillar, una voz ronca al cantar y unos ojos café que me seguían.

Su mirada: picardía; su sonrisa color sangre, y yo muerto de hambre por probar lo que no veo. ¿Me la creo? o no la creo.

Escenario a media luz… en mi pecho había una cruz, en el suyo un gran escote que incitaba mi mirada y, al final de la balada, se fue a tomar asiento.

- Mesero, ¿quién es la dama? - Yo le recomiendo que ni la vea. - No pretende que le crea. Mejor búsqueme otro trago y, por favor, otro igual de mi parte para ella.

Llega el vaso a sus manos y el mesero me señala. Un saludo de antesala inclinando mi cabeza. Van sus pasos a mi mesa y toma asiento a mi lado. - ¿Se puede saber por qué andas solo?

- Es una larga historia y no quiero pensar en eso. Pues, quizás esta noche lo olvide… si es que usted no me lo impide. Y me sonrió con timidez.

- ¿Que tal el trago? Señorita. - En confianza. Dime Reina. Mientras su mano me despeina y sonreía mi quijada.

Las notas del piano le hicieron llamada y marcó de labial mi mejilla. Se fue y dijo "ya vuelvo". Yo chequeo en qué me envuelvo y, en deducción, no está nada mal.

Una explosión en batería junto a acordes de guitarra. El animador que narra, hizo un llamado a Soledad.

Un puñetazo en mi pecho y mi tiempo se detiene. ¿Me conviene o no conviene que vengas a acompañarme? Sólo quiero acostumbrarme a llamarte por tu nombre. ¡Por favor, yo soy un hombre! Quizá y nada me causo.

Su bienvenida con aplausos, mi despedida de consciente. Yo dejo en manos de la suerte lo que pase en adelante.

Buenas noches nuevamente (al público, la cantante). - Pueden perdonar mi atrevimiento pero lo hago con nobleza, quiero dedicar esta pieza al caballero de la siete.

Sin duda a mí se refería y atraje la mirada de la gente. Alcé mi vaso sonriente agradeciendo por el detalle. Será mejor que calle y concentrarme en cada verso…

“No podré negarme en ser esta noche tuya” ¡Dios, que el ingenio sustituya a lo ingenuo que hay en mí!

Nuevo trago, ahora sin hielo, ya siento morder su anzuelo y de él no quiero escapar.

Al final de la actuación, vino hasta mí y pedí la cuenta. En mi muñeca, la una cuarenta, y su muñeca esposada a mí. Caminando a la salida, dejé mi miedo y la propina y le ofrecí llevarla a casa.

... aceptó sin pensar mi propuesta.

Tomé mi carro y di la vuelta. - Me vas indicando el camino. En el trayecto platicamos. Yo le conté mi vida Y ella, contándome la suya: ¿cómo fue que quedaste viuda? Con temor, quedó callada. - Disculpa si afectó mi pregunta. Sólo dijo: - Llegué a casa, detente aquí, y pasa… seguiremos hablando adentro.

... yo no pude negarme.

- Con permiso, linda sala. - Gracias, ¿gustas tomar algo? - Por favor, Reina, te lo agradezco.

El mismo hombre no parezco pero ya eso de qué me vale. Y así se nos fue la noche, entre tragos sin reproche. Entre tacto y ciertos besos.

- Con permiso. Fue a su cuarto. Puse un disco del reparto y la seguí sin darse cuenta. No llevaba protección y, por mi grado de alcohol, sin pensar… cerré la puerta.


Haciendo a un lado tu tabú. Hubo en mis ojos déjà vu que hizo repetir la historia.

Escenario a media luz. En tu pecho pegó mi cruz y en el sillón dejé tu escote. Poco a poco tu piel se eriza, mientras tirabas mi camisa justo al borde de la cama, y lentamente se caía como tú sobre mi cuerpo.

Tienes curvas de guitarra de un perfecto artesano. Te tocaba como al piano, lentamente, sin correr. Te sentí como la flauta, suavemente, por tu aliento y poco a poco fui sintiendo la percusión de nuestra piel.

Fui el director de la orquesta y fui la orquesta a la vez. Y no me hizo falta partitura… porque con esa figura todo lo improvisé.

Ocurrido lo esperado, sin haber error alguno: de dos hicimos uno y uno de dos hizo el amor.

Las cuatro treinta y cinco, se acabó nuestra jornada. Apoyándome en la almohada, buenas noches te deseé.

- ¿Qué crees que haces? Preguntaste - Iré a dormir. Te contesté. Hice una pausa y me callé. - Ahora ¿qué quieres tú de mí? - ¡Que te largues ahora mismo! Tomé mis llaves y mi ropa, mientras se servía otra copa que de un solo golpe se tomó.

Yo ajusté mi cinturón. Ella en el suelo gritando. Pregunté ¿qué está pasando? y no me quiso decir. Yo abotonaba mi camisa, cada botón más a prisa y ella fumaba llorando. Su delineador bajando a la par que subía el sufrir.

No puedo seguir estando aquí, no quiero molestarla. Quizás no debí tocarla pero ella sola se dejó. Sé que no soy el mejor, pero ¿qué tanto mal le pude hacer?

No quise seguir insistiendo. Dolido, con su mano en mi pecho, no puedo estar satisfecho, tan sólo le pedí perdón.

- Me disculpo si te hice daño, aunque me parece extraño. Y su mano cerró mi boca, su mirada se fijó a la mía. Me dijo: - No sigas con esto, que no sabes cuánto me detesto. - ¿Por qué mejor no duermes? estás algo tomada.

No podía seguir viendo como mi guitarra desafinaba justo al final de la balada. Y sin saber porqué… me quedé para seguirla oyendo.

- Siento que mi vida se está yendo y poco a poco te vas también. - No digas eso, Reina. Yo aquí estaré y nadie más te dejará sola.

- ¿Esto te había pasado antes? Agachaba su mirada y calló. Te abracé por protección… - Conmigo nada te pasará,

Susurró: - Mi esposo no murió naturalmente. Se suicidó de un tiro en la frente. Yo sólo traté de mantener la calma. - Quizás tuvo un problema sin salida.

La compadezco. Pobre Reina.

- ¿Hace cuanto ocurrió todo? Y la abracé tan fuerte como a mi vida.

Me dijo: - Fue justo al siguiente día de enterarse que tengo sida.

Un vacío llenó mi cuerpo y mis manos temblorosas. Ahora abrazo a una chica hermosa que a la vez es mi asesina. Asimilando, voy entendiendo cada cosa: si no me convenía, de seguro lo merecía.

¿Te das cuenta, amor? Por buscar olvidarte con su cuerpo, me gané el perder la vida.

Con toda seguridad, sé que no soy la única víctima que ha atrapado entre su rítmica.

- Reina, gracias por el detalle. Y antes que las lágrimas me callen, gracias por acortarme el camino... ahora la podré olvidar más rápido.

Aunque mi ida no sea fruto de mi edad. Ni su olvido sea fruto de mi ser. Te agradezco a ti, Reina soledad… tú si sabes hacerme olvidar a una mujer.

Angel Rodríguez

Su libro se vende de manera independiente y les dejaré toda la información en la entrevista cuando sea publicada, muy pronto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario