Ahí a orillas del precipicio,
ves el agua bajo tus pies,
allá en el fondo.
Sabes que está tibia,
deliciosa y muy dulce...
o al menos eso sentiste:
pero desde la orilla de la playa,
solo con los dedos de tus pies,
algo tibia y agradable, nada más...
ahora estás aquí, en el precipicio,
a punto de saltar y sumergirte.
¿Por qué te da miedo?
Está tranquila,
casi puedes escuchar la voz del mar invitándote a saltar.
¿Pero y si no está tibia como lo sintieron apenas tus pies?
¿Y si al zambullirte descubres que está helada o peor...
que no sientes nada...
Que la hermosura de ese mar,
su inmensidad y su dulzura
no te hacen sentir nada...
Que ese mar no te hace olvidar el agua pasada?
Sigues mirándolo
esperando que envíe una ráfaga de viento
y te empuje hacia abajo,
que te haga dar el salto.
A veces piensas en regresar,
en que las ganas de saltar
son solo pasajeras,
pero luego miras al cielo
y te obliga a girar,
a enfrentar de nuevo el precipicio...
¿Por qué no saltas, cobarde!
Roraima Colina
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