Las luces del estudio se encendieron haciendo que Sheryl y yo paráramos de besarnos.
Levanté el rostro y Oriana nos miraba con los ojos como platos.
Ésta me dijo todo con el rostro. Mil y una emociones cruzaron por su semblante y rompió a llorar.
— ¡Espera! —, comencé a gritarle mientras me zafaba de los brazos de Sheryl y corría tras ella, — ¡ORIANA!
Ella se detuvo en seco y la mirada con la que me fulminó me desencajó la vida, no pude decirle nada, me limité a devolvérsela.
— Me parece justo. No digas nada, no es necesario. Todo esto es mi culpa.
Pues ella tenía razón y no la iba a contrariar.
— Lo siento —, solo pude decirle.
— No sientas nada. Solo piensa bien lo que haces con Sheryl.
— Adiós —, me dijo escondiendo los ojos en total signo de resignación.
...Perfecto. Ahora no sufría yo solo.
No podía pensar que se había llevado su merecido, porque aunque sufría como un loco, verla llorar me dolió bastante. Igual y no podía quebrarme por unas cuantas lagrimitas que soltó, por qué no pensó en eso cuando me estaba siendo infiel, cuando se burlaba de mí.
— ¡Qué pena! —, soltó Sheryl a mis espaldas. Que niña tan egoísta.
— ¿Pena? — quería hacerla sufrir, de verdad quería que Sheryl llorara por mí. Nacieron en mí unas ganas de aprovecharme de ella irremediables.
¿Egoísta ella? ¡Egoísta estaba siendo yo!
— Si, pobre Oriana. Me siento muy mal. — Sheryl no fingió para nada que esa frase de "me siento muy mal" fue simple sarcasmo y que en realidad no le importaba en lo más mínimo lo que Oriana sintiera o no.
La miré por lo que parecieron 10 minutos completos con la decepción marcada en el rostro. No quería seguirla mirando, Oriana tenía razón, no estaba midiendo bien las consecuencias de esto. Debía marcharme.
— ¿A dónde vas? — me preguntó Sheryl al verme dirigirme a la salida.
— Perdóname, — estaba pidiendo demasiado perdón para mi gusto. — Debo irme.
Sheryl me observó desde el umbral del estudio y con ademán despreocupado simplemente se giró y entró. Y yo pensado en ella como "una niña virginal".
Que amarga forma de darme cuenta que nada en esta vida es rosas y caramelos, incluso las rosas tienen sus buenas espinas y los caramelos, un envoltorio capaz de demorarte en tu fin de saborear el dulce.
Mi hermano me dio una gran sorpresa al recibirme en la puerta de mi apartamento, había venido desde Nueva York a visitarnos, ¡no pudo llegar en mejor momento!
— ¡George! — grité fuertísimo cuando vi esa narizota.
— ¡Ey! — me miró con una fuerte carcajada mientras yo me le lanzaba encima directo a abrazarlo.
— Jaja, no puedes vivir sin mí, lo sé. — Me dijo en claro tono de burla. Pero lo cierto es que es así. No puedo vivir sin él y llegó en el mejor momento del mundo. — ¡NARIZÓN!
— El burro hablando de orejas — le respondí jalándolo de la naríz.
Nos reímos muy fuerte un rato, saludándonos y preguntándonos como nos iba en la vida, mi madre apareció en el umbral de la puerta casi en llanto al ver la cara de George.
Cuando estaba acá en Venezuela dormíamos juntos…
— Pero no revueltos, — me dijo con sus dientes pelados. Le di un puñetazo en el hombre y lo empujé hasta entrar al cuarto, traía su camiseta del Real Madrid…
— Como buen Madridista, — me dijo levantando el mentón como quien presume de un trabajo bien hecho.
— Claro, descarado y medio. ¡Pena debería darte! — me hizo mala cara y entró al baño a darse un ducha.
Yo salí hasta la sala, la sonrisa se me borró enseguida. La que me apareció al ver a George se nubló al recordar todo lo que me había pasado en éste fatídico día.
Mi madre captó en el acto mi cara de fastidio. Me senté a su lado luego de que me mirara con gesto de duda.
— Termine con Oriana, — le solté sin anestesia.
Mi Anita, mi madre querida me miró y me regaló un abrazo que me acunó el alma, esto era lo justo que me hacía falta. Nada de juzgarme solo escucharme.
— Se va a casar, — así era mi madre. Sin tener que preguntarle siempre le terminaba contando toda la historia. — Un tal José… que ¡Maldita la ho…!
— Shhhh, — me hizo callar abrazándome más fuerte.
— Se va a casar, mamá. — Le dije para que entendiera mi enojo, — y no fue capaz de avisarme antes, por lo menos, por decencia. ¡Qué sé yo!
— ¿Hablaron?
— Si…
Ella solo hizo silencio y yo solito le solté todita la sopa, ¡Incluso la metida de pata con Sheryl!
— Hijo, — comenzó pero yo me levanté para verle el rostro. — Tranquilo, entiendo, ¿Qué piensas hacer?
Me quedé un rato pensando y le sonreí.
— Vivir, — mi mente de repente se despejó un poco. — Esto no puede cambiar mi vida, ni mi forma de proceder. Ya llegará la indicada… ¿Cierto, mamá?
— Así es, Víctor. Eres mi niño sabio… ¿Ves? Solo hay que calmar los ánimos, una cabeza fresca piensa mejor. — Tan bella mi madre, sin prejuicios, sin juzgarme, sin regañarme logró aconsejarme mejor que nadie.
— Tú eres la sabia mamá. — La abracé muy fuerte y me levanté. Ella me lanzó un beso en cuanto salía.
George salía del cuarto en ese momento.
— ¡Voy contigo!
— Obvio.
Llegando a Mata de Coco, los primeros ojos que vi fueron los de Sheryl. La niña bajó la mirada en cuanto me vio, saludó a George y luego a mí con una vergüenza que no me mostró para nada hace unas cuantas horas.
Geo me miró con el ceño fruncido y haciéndome preguntas con la mirada, lo esquivé y continué mi camino a grabación, a meterme en mi papel usual de Víctor, con mí peinado tan Groovie y mis pasos de rock ‘n’ roll.
Las grabaciones estaban por terminar y ya solo me faltaban tres gloriosos días para descansar. Iba a extrañar muchísimo esto, a mis compañeros, el tener que trabajar 20 horas al día y sobre todo, hacer lo que me gusta.
— ¿Y cómo va el lanzamiento al solitario? — me preguntó mi hermano sentado a mi lado mientras me levantaban mi copete estilo años 50.
— Bien
— ¿Bien, ¡Bien! O Bien, mal?
— Bien, bien. Comenzaré a grabar los temas en dos semanas.
— ¿Firmaste y todo? ¿Ya? — su cara de decepción fue un poema, con puchero y todo.
— Jaja, gafo. Si, hace dos días. Lo que pasa es que con todo el tema éste de tú sabes quién andaba en la luna.
— Si, ya me di cuenta. — George me hizo un mohín y se reclinó en la silla. — Tu sueño opacado por eso. No se puede decir, “Ay, que horrible” pero tampoco se puede decir, “Ay, qué lindo”. — Se internó en sus pensamientos, como siempre lo hacía y yo me miré al espejo. Con el mismo dilema que mi hermano estaba cavilando.
Se puede decir que soy un patético por dejar a un lado el sueño de toda mi vida, restarle importancia a tal magnitud por una mujer, pero, tal vez otros dirán… eso es amor, eso es de hombres… ¿O no? ¡NO! Eso es de estúpidos, para lo que me sirvió el dichoso amor…
— Víctor, — me llamó la voz a la que más le temía en estos momentos. Se me erizó el cabello del brazo izquierdo por donde se me acercó. Esto era un rencor-amoroso-desdichado que crecía y crecía, en conclusión un montón de sentimientos que se me encontraban en un mismo punto.
Oriana, vestida como su personaje me miraba con la culpa titilando como en luces de neón verdes en la frente.
— Tú última escena conmigo, — dijo muy bajito.
La mire con y le dediqué una última sonrisa de amor. De ahora en adelante quedaba perdonado… o eso intentaría. Nada de rencores, su vida por un lado y la mía por el mío.
Una escena simple, sin muchas zalamerías y terminó.
Totalmente diferente a nuestra última escena.
George se sentaba junto a Sheryl durante la escena, cuando terminé me giré para dirigirme hacia él y éste estudiaba minuciosamente a Sheryl, no pude contener la risa y me senté a su lado empujándolo por un lado. Éste me devolvió el golpe riendo aún más fuente. Sheryl simplemente frunció el ceño y me miró con fuego mientras Geo se levantaba para saludar a Gabo.
Le sostuve la mirada hasta que Gabriel se inclinó a llamar la atención de Sheryl y saludarla igualmente, con una actuación grandísima su mirada hacia mí se volvió apenada mientras ponía la mejilla para saludar.
Que le sucedía, no tengo idea, pero me estaba dejando en claro que debía llevarme con mucho cuidado con ella.
— Vamos a salir hoy, — Gabriel sostenía por los hombros a George y lo zarandeaba.
— Está bien, está bien. — Le respondía mi hermano tratando de zafarse. Me uní a Gabriel con un empujón.
Volvimos a casa, Arán se nos unió llevando a Rosmeri, esos dos no se separaban ni para la esquina. Y para culparlos…
Solo despejé mi mente luchando por pasar un buen rato esta noche.
Roraima Colina.-
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